La princesa de los búhos en mi Cuba

in Raices Comunes di

Caminé por la desierta calle de La Habana ante la ausencia de vendedores de maní, músicos callejeros, pescadores, modelos de autos de la década de 1950; y me pregunté ¿Dónde están todos?
Me acompañaba la calma del mar que asemejaba una alfombra azul por el reflejo de un cielo sin nubes y un sol presente pero sin mostrarse en el panorama. Tanta tranquilidad no podía ser real, al continuar mi camino y antes de llegar al Castillo de La Punta, el cielo se oscureció y me rodeó un temor representado en el acercamiento amenazante de búhos. La mirada desafiante de las aves a cualquier intento de movimiento para un escape fue imposible, entregado a la derrota mi esperanza renació y un extraño sonido del mar hizo que girara la cabeza y observara como este se abría en dos como un relato bíblico. En esa salvadora obertura se vislumbró la imagen sublime de una mujer que se acercaba como una atracción magnética y se detuvo delante de mí. La contemplación se apoderó de mi ser y descubrí su piel blanca como la nieve, ojos color pino, labios pequeños y delineados, hermosa cabellera que la cubría como damisela medieval hasta la cadera. Esta sublime figura femenina vestía un bedlah y un sujetador rojo adornado con monedas que me hizo entender lo árabe venido de Europa a América.Por un momento escape de mi ensimismamiento y note que los búhos agacharon el copete en sincera señal de respeto. Fue entonces en que regresé a la imagen idílica de la mujer y su bella sonrisa se apoderó como la más sublime experiencia vital. Al instante alzó los brazos y del cielo se materializó un gigantesco e imponente búho que lo comparé con el monumento del Cristo de La Habana. De forma sutil y convincente me tomo de la mano para subirnos al lomo del búho y surcar los cielos de Cuba. Ella siempre me sonreía sin decir palabra alguna. La ausencia de palabra era reemplazada con el contacto visual y físico del acto onírico.
El gran búho nos hizo descender en la Plaza Céspedes de Santiago de Cuba y ella le ordenó con una delicada señal de mano alzada que se retire. Fuimos gratamente recibidos por un hombre moreno y mediana estatura que con su amable mirada y gran sonrisa decía sísísísísí mientras movía la cabeza para afirmarnos las cosas. Él nos llevó al edificio El Cabildo, donde un grupo de artistas organizaron un recibimiento y compartir inolvidable. Se hizo una presentación con cantantes a ritmo de congas, bailarines, actores en plena performance que impulsó nuestros agradecidos aplausos. Me encontraba en una paradoja por intentar entender que el arte presentado era opacado de cierto modo por la belleza de la mujer que me cautivo y me hizo su prisionero de amor.
Al finalizar la presentación, los artistas con un saludo desaparecieron enfrente de nosotros y ella me volvió a sonreír. Nos dirigimos hacia la puerta y caminamos hasta un viejo edificio celeste de aspecto virreinal con un letrero amarillo que decía “Casa del Caribe”. Una orquesta nos recibió al ritmo de rumba mientras nos ofrecían una botella de ron santiaguero, bailamos desde una guaracha hasta un bolero.
En el cómplice baile ella fue entregándose amorosamente hacia mí y al son del bolero “como fue” nos abrazamos y lentamente posó su cabeza sobre mi pecho, alzó la mirada, me sonrió y me perdí. En ese instante de perdición, cerré los ojos y al abrirlos me encontraba en otra ciudad frente a un edificio con un enorme portón de madera que decía “Casa de la Memoria Escénica de Matanzas”. Apareció un sujeto de unos 40 años, calvo y con una sonrisa contagiosa que hablaba muy rápido y apenas se dejaba entender. En esa confusión nos invitó ingresar a una especie de santuario histórico por la variedad de esculturas madera y metal oxidado. Posteriormente, nos dirigió hacia un ambiente que funcionaba como archivo de importantes documentos sobre el acontecer artístico cubano; nuestro guía con la sonrisa que lo caracterizaba nos invitó a una puesta en escena de nombre “Islas” donde un grupo de artistas cubanos e italianos habían trabajado mano a mano para crear un espectáculo, o al menos eso llegue a entender a causa de la velocidad en la que hablaba.

(C) Simona Fossi - Teatro Icaron
(C) Simona Fossi – Teatro Icaron

Después nos llevó hacia un viejo teatro de nombre Icarón, la función dio inicio apenas entramos, el público estaba de pie, no había sillas donde sentarse, los actores se movían recitando a lo largo de ese teatro que parecía más un viejo almacén abandonado. La confusión regresó pero al mismo tiempo curioso por saber como se desarrollaba la obra teatral, giré a mirarla y estaba concentrada observando la función sin parpadear. Al término de la función el publico emocionado aplaudió y ella se contagió de la emoción y por un momento abandonó la sonrisa para llorar como muestra de sensibilidad artística. Fuimos hacia la puerta, me abrazó intensamente, cerré los ojos y como por arte de magia nos volvimos a encontrar en el malecón de La Habana y siempre rodeados por búhos. Ella me miró fijamente a los ojos, sonrió y me beso delicadamente en los labios. Los búhos en bandada alzaron vuelo y nublaron el cielo, el beso finito pero sin límites como el universo hizo que me sonría y una caricia en mi mejilla cerró el episodio.

Una voz celestial acompañó el desenlace: ” es hora de despertarse quisquilloso”

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